Objetivo: Que el hermano identifique cuáles son sus dones y como éstos puede
ponerlos al servicio de Dios a través del hermano.
En el camino del autoconocimiento y la maduración humana, una de las preguntas más hondas que todo joven se hace es: ¿Para qué existo? ¿Qué aporto al mundo? Con frecuencia, la respuesta a estas interrogantes se busca en el horizonte del éxito individual, el reconocimiento social o la acumulación de logros académicos y profesionales. Sin embargo, desde una perspectiva antropológica y cristiana, la persona humana no se realiza en el aislamiento de sus talentos, sino en la entrega de estos.
Para un joven que inicia su camino en la Juventud Franciscana (JuFra), descubrir los propios dones no es un ejercicio de vanidad ni una carta de presentación para destacar sobre los demás, sino el reconocimiento de una gracia recibida. Todo don —sea una habilidad manual, la facilidad de palabra, la sensibilidad artística, la capacidad de escuchar, el orden, la alegría o la firmeza ante la adversidad— es un reflejo del Creador que se nos ha confiado en depósito. La madurez humana y espiritual comienza en el instante en que dejamos de ver nuestras cualidades como una propiedad privada y empezamos a entenderlas como un puente tendido hacia el prójimo.
En el lenguaje cotidiano solemos usar las palabras «don», «talento» o «habilidad» como sinónimos. Sin embargo, detenerse en su significado profundo nos cambia la perspectiva:
No es una ocurrencia del azar: Un don no es meramente una combinación genética fortuita. Es una disposición constitutiva de nuestra persona que nos capacita para obrar el bien de manera singular.
Es un regalo que precede al mérito: Nadie "compra" ni "se gana" un talento antes de nacer; se recibe de forma gratuita (donum).
Lleva implícita una corresponsabilidad: En las parábolas evangélicas, los talentos no se entregan para ser guardados en un cofre o enterrados por miedo a perderlos, sino para ser negociados y multiplicados.
Reconocer nuestros dones exige honestidad consigo mismo: abandonar tanto la falsa modestia (que niega lo bueno que hay en uno por un falso complejo de inferioridad) como el orgullo (que se atribuye a sí mismo el origen absoluto de sus capacidades). Lo que somos y lo que sabemos hacer es, en esencia, un don de Dios.
La cultura contemporánea promueve un modelo de desarrollo personal profundamente egoísta: «Conviértete en la mejor versión de ti mismo para triunfar». Bajo esta lógica, las habilidades personales se convierten en herramientas de competencia, consumo y autoafirmación.
Cuando un joven vive encerrado en esta dinámica:
El talento se vuelve estéril: Una destreza que no se comparte se marchita, generando soberbia o un vacío existencial.
El otro se percibe como rival: Si mis dones solo sirven para destacar yo, quien está a mi lado se convierte en una amenaza para mi protagonismo.
Se pierde el sentido de la comunión: Las comunidades juveniles se fracturan cuando cada quien busca brillar por su cuenta en lugar de sumar para el bien común.
San Francisco de Asís poseía una sensibilidad aguda para reconocer que todo lo creado —y de manera muy especial las facultades del alma y del cuerpo— pertenece única y exclusivamente a Dios. En sus Admoniciones, Francisco advierte con severidad sobre el peligro de apropiarse de los bienes espirituales o intelectuales que Dios nos presta:
«Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres... Mal bienaventurado aquel hombre que retiene para sí lo que el Señor le da por el bien» (Admoniciones XVII y XVIII).
Para el espíritu franciscano, el hombre es un administrador, no un dueño. Nuestros dones no nos hacen superiores a nadie; al contrario, ensanchan nuestra responsabilidad de servir. Si Dios te ha dado la gracia de la alegría, tu deber humano es contagiarla al hermano que atraviesa la tristeza; si te ha dado capacidad de análisis o prudencia, tu deber es custodiar la paz de la fraternidad; si tienes destreza manual o disponibilidad de tiempo, tu deber es ponernos manos a la obra cuando el grupo lo necesita.
Identificar los propios dones requiere un proceso estructurado de reflexión personal que podemos dividir en tres pasos:
El espejo de la gratitud (¿Qué tengo?): Identificar con sencillez qué se me da con naturalidad, qué disfrutas hacer sin esfuerzo excesivo y qué virtudes reconocen los demás en ti de forma constante.
El filtro de la utilidad fraterna (¿Para quién es?): Preguntarse honestamente: ¿De qué manera esto que sé hacer o esto que soy alivia, consuela, edifica o ayuda a quienes me rodean? Un talento que no sirve para levantar al hermano carece de sentido evangélico.
La puesta en acto (¿Cómo lo entrego?): El don no se activa con la teoría, sino con la entrega cotidiana y gratuita. En una fraternidad local de la JuFra, esto se traduce en detalles concretos: el que es ordenado cuida la liturgia y los espacios; el que es empático acoge al recién llegado que se sienta solo; el que tiene facilidad para la música anima la oración.
Nadie en la Tierra es un espectador inútil; todos los jóvenes, sin excepción, han sido dotados por el Creador con un mosaico único de capacidades. Descubrir cuáles son tus dones no es un ejercicio de ego, sino un acto de escucha a la voz de Dios que te habita. Ponerlos al servicio del hermano es el único camino comprobado para descubrir la verdadera alegría, porque, como recordaba San Francisco, es dando como se recibe.
Sin caer en la presunción ni en la falsa modestia, ¿cuáles dirías que son dos de los principales dones o habilidades que Dios te ha regalado?
¿Alguna vez has guardado o reprimido un talento por miedo al qué dirán o por pereza? ¿Qué consecuencias tuvo eso en tu vida?
En la vida concreta de nuestra fraternidad local, ¿cómo podemos notar si nuestros talentos están sirviendo para unirnos o si los estamos usando para lucimiento personal?