A menudo pensamos en los fundadores franciscanos en el contexto del siglo XIII, pero el carisma de San Francisco de Asís y su profundo amor por la soledad se han manifestado con fuerza en tiempos más recientes. En México, este espíritu de retiro encontró a su más reciente campeón en Fray Pacífico Ruvalcaba Lozano, OFM, una figura fundamental en el resurgimiento de los eremitorios.
Nació en la comunidad del Jagüey, Tepatitlán, Jalisco, el 4 de febrero de 1933, hijo de don Teodoro Ruvalcaba de la Torre y doña María Loreto Lozano Gómez, cristianizado con el nombre de Salvador, fue el primogénito de ocho hermanos llamados: Raquel, Amparo, José de Jesús, Teresa, Rubén, Gloria y Martha Ruvalcaba Lozano.
Cuando era niño y asistía al catecismo le llamaba la atención un pequeño altar en donde veía a San Francisco con una calavera, y le pregunto a su abuela quien le dio todos los datos de acuerdo a Las Florecillas de San Francisco, por lo que el mencionó, “yo quisiera seguir a ese Francisco”.
En el año de 1950 ingreso al postulantado Franciscano, posteriormente en 1953, cuando se abrió el noviciado en el Convento de Nuestra Señora de Guadalupe, Zacatecas, fue de los primeros 24 religiosos de la nueva comunidad de novicios.
Su primer destino fue a San Francisco de Guadalajara, Jal., llego a estar en varios lugares como Monterrey, Saltillo, en el Convento de San Diego Aguascalientes, Durango, Ensenada, Zapopan, Santa Anita y en Tepic, Nayarit, donde inicia su vocación de eremita para el año de 1985. Empezando el eremitorio Porta Coeli en ese lugar, durando unos 17 años. En el año de 1994 don Luis Guardado entre platicas con el padre Fr. Moisés, le comentó del lugar para donar al convento, siendo al año siguiente que Fr. Pacifico platica y explora el lugar para poder hacer eremitorio.
El Retiro en el Corazón de la Tierra: Porta Coeli
Fray Pacífico, dedicó gran parte de su vida a materializar un espacio de oración pura y desapego. Su primer gran proyecto fue el Eremitorio Porta Coeli (Puerta del Cielo) en el estado de Nayarit.
Este eremitorio, fundado tras años de esfuerzo, se convirtió en un refugio para aquellos que buscaban una vida de estricta observancia de la Regla de Eremitorios de San Francisco, enfocada en:
Soledad: Alejar el alma de las distracciones del mundo.
Oración: Mantener el espíritu de constante devoción.
Trabajo Humilde: Vivir del fruto de sus manos, en un ambiente de sencillez.
Porta Coeli fue un modelo de vida franciscana contemplativa, donde Fray Pacífico pasó casi dos décadas formando a nuevos frailes en la escuela del silencio.
El legado de Fray Pacífico continuó con la fundación del Eremitorio Sacro Monte de Guadalupe en Zacatecas.
A partir del año de 1996 el comenzó a construir el Eremitorio, pasando dos meses aquí y dos meses en Porta Coeli, bendiciéndose el lugar aquí en Gudalupe, Zac., el 13 de mayo del 2000, y se habitó de forma permanente hasta el 25 de agosto de 2002.
Ubicación: Un entorno natural, que facilita el recogimiento y la contemplación de la Creación, al estilo franciscano.
Diseño: Fray Pacífico se encargó personalmente del decoro del eremitorio, incluyendo la construcción de una capilla al Santísimo y, como se narra, una cocina excavada en una cueva, recordando las sencillas ermitas de los primeros tiempos de la Orden.
Su figura se convirtió en sinónimo de dedicación y austeridad. Era el fraile que vivía de la más estricta observancia, siempre obediente a la Regla, y dedicado a cuidar hasta el último detalle de sus retiros, viéndolos como una extensión de la oración.
Aunque Fray Pacífico fue un fraile de clausura, su legado se extiende más allá de los muros de sus eremitorios:
Modelo de Perseverancia: Sus fundaciones demuestran que el ideal de la vida contemplativa sigue siendo vital y necesario para la Iglesia moderna.
Influencia Espiritual: Los eremitorios fundados por él sirven a menudo como lugares de retiro y discernimiento para laicos y otros religiosos, compartiendo el regalo del silencio con un mundo ruidoso.
Fray Pacífico Ruvalcaba, el humilde fraile que dedicó su vida a construir "Puertas al Cielo" en la tierra, nos dejó un poderoso recordatorio: no importa cuán ruidoso se vuelva el mundo exterior, la paz de Dios siempre espera ser encontrada en el silencio del corazón y en el trabajo de manos sencillas.
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