La vida de Santa Clara de Montefalco (c. 1268–1308), también conocida como Santa Clara de la Cruz, es una de las historias místicas más intensas del medioevo. Aunque finalmente profesó la Regla de San Agustín, sus inicios están vinculados a la espiritualidad de la penitencia franciscana.
Clara nació en Montefalco (Italia). Desde muy niña, mostró un fervor y una madurez espiritual excepcionales.
Inicios en la Espiritualidad de la Penitencia: Siendo todavía una niña, alrededor de los seis años, se unió a la vida contemplativa de su hermana Juana y otras compañeras. Los biógrafos sugieren que este grupo inicial abrazó el espíritu y, muy probablemente, el hábito de la Tercera Orden de San Francisco (OFS), viviendo en una comunidad de penitentes.
Abadesa y Maestra: Con el tiempo, la comunidad se constituyó jurídicamente como monasterio de la Regla de San Agustín. Tras la muerte de su hermana, Clara fue elegida abadesa a la temprana edad de 23 años, guiando a las monjas en una vida de estricta observancia, oración y profunda caridad hacia los pobres.
El Misterio de la Cruz Interna: El centro de su vida espiritual fue la Pasión de Cristo. En una de sus visiones, Cristo le apareció llevando una gran cruz y le dijo: "He buscado un lugar fuerte donde plantar esta Cruz; aquí, y no en otro sitio, lo he encontrado". A partir de entonces, Clara sintió en su interior el dolor de la Pasión y repetía: "Yo llevo a Jesucristo crucificado dentro de mi corazón".
La mayor manifestación milagrosa de su vida ocurrió inmediatamente después de su muerte:
Muerte en la Contemplación: Gravemente enferma, Santa Clara de la Cruz falleció el 17 de agosto de 1308, en su convento. Sus últimas palabras y gestos la mantuvieron fija en el cielo, confirmando que se iba "con Él".
El Hallazgo Sorprendente: Ante su profunda devoción a la Pasión, sus hermanas monjas decidieron abrir su cuerpo para examinar su corazón. Para asombro de todos, el órgano no solo estaba incorrupto, sino que, al ser cortado, se encontraron en su interior pequeñas fibras y tejidos del corazón calcificados con la forma de los instrumentos de la Pasión de Cristo (la cruz, los clavos, la corona de espinas, la columna de la flagelación y la lanza). Este milagro fue documentado minuciosamente en el proceso de canonización y es la prueba tangible de su profunda unión mística con Jesús.
Milagro del "Árbol de Santa Clara": Otro milagro relevante asociado a ella es el del cayado que, por obediencia, plantó y que brotó transformándose en un árbol cuyas bayas se han utilizado desde entonces para hacer rosarios.
Santa Clara de Montefalco representa la cumbre de la mística penitencial. Su vida y el milagro de su corazón confirman que el camino de la conversión y la Pasión de Cristo es el atajo a la santidad. Es un modelo de la vocación contemplativa que, si bien la llevó a una vida religiosa, tiene sus raíces en el deseo de penitencia y amor a la Cruz que emana del carisma franciscano de la Tercera Orden.
En el Propio Franciscano, a Santa Clara de Montefalco (cuya fiesta se celebra el 17 o 18 de agosto), le corresponde la celebración de Memoria Libre.