El nombre completo de esta noble romana era Jacoba Frangipani de Settesoli. Fue una dama noble, viuda y muy rica, con gran influencia en Roma. Pero su vida cambió por completo al conocer a Francisco, probablemente alrededor de 1212.
Francisco le dio el apodo cariñoso de "Fray Jacoba" (Hermano Jacoba) por varias razones que reflejan su estima:
Honra a su carácter: Jacoba tenía un carácter fuerte, decidido y una piedad que Francisco consideraba varonil o "de hermano" en el mejor sentido de la palabra.
Rompimiento de Reglas: Al llamarla "Fray", Francisco creó una excepción a la regla estricta de clausura. La consideraba una hermana espiritual tan íntima y necesaria para la Orden que merecía el título de un fraile.
Madre de la Orden: Ella no solo apoyaba la obra, sino que la sostenía. Cuando Francisco y los frailes estaban en Roma, ella les daba provisiones, medicinas, y les abría las puertas de su palacio en Trastevere para que la usaran como hospicio para leprosos.
La historia más famosa, y la que mejor ilustra la profundidad de su relación, es la de la muerte de Francisco en la Porciúncula (1226).
En sus últimos momentos, Francisco, débil y agonizante, sintió un deseo: probar su dulce favorito, unas pastas de almendras que solo Doña Jacoba sabía preparar. Mandó a un fraile a Roma con una carta pidiéndole:
Que viniera a despedirse.
Que trajera la túnica de burdo paño para amortajar su cuerpo.
Que trajera cera para las velas... ¡y esas pastas de almendras!
El Milagro: Cuando el fraile se disponía a salir, Fray Jacoba apareció en la puerta de la Porciúncula. ¡Ella ya había llegado, como por revelación, con la túnica, las velas y las pastas listas!
Francisco, al enterarse, sonrió y dijo la famosa frase (a pesar de la regla): "¡Que entre Fray Jacoba, porque ella es nuestro Hermano!" Ella fue la única mujer que estuvo junto a él al momento de su tránsito, consolándolo y preparando su cuerpo.
Jacoba representa el papel esencial del laicado comprometido y la profunda humanidad de San Francisco, quien no temió mostrar su afecto y sus necesidades terrenales (como un dulce) a una amiga fiel. Su amor por la Orden fue tal que, tras su muerte, fue sepultada, por excepción, en la Basílica de San Francisco de Asís, cerca de la tumba de nuestro Padre. ¡Verdaderamente, un tesoro de nuestra historia!