Hermanos y hermanas, seamos claros: cuando nos sentamos a estudiar, tenemos que entender que Las Florecillas (I Fioretti) son, en esencia, la poesía devocional que nació mucho después de que nuestro Padre Francisco partiera al Cielo. No son el diario de vida que le dictó a Fray León, ni un acta notarial de la época.
Son leyenda y devoción, no historia precisa.
Son un Eco Tardío: Estos relatos se escribieron en el siglo XIV, más de cien años después de Francisco. Imaginen cuánto se transforma una historia que pasa de boca en boca por tres o cuatro generaciones. ¡Es como el teléfono descompuesto de la santidad!
El Objetivo Era la Edificación, No la Documentación: El fraile que recopiló estas historias no quería ser un historiador moderno. Su único deseo era mover nuestros corazones con ejemplos de santidad radical, milagros espectaculares y la alegría franciscana llevada al extremo. Si para eso había que cambiar fechas, lugares o mezclar compañeros, se hacía. La meta era la verdad espiritual, no la verdad fáctica.
Riesgo de Infantilización: Si solo basamos nuestra formación en Las Florecillas, corremos el riesgo de quedarnos con un Francisco "de caricatura": un joven dulce que habla con los pájaros y cura lobos, pero perdemos al hombre de carne y hueso que luchó con su voluntad, se enfrentó a la Curia Romana y sufrió el desgarro de los estigmas y la soledad.
Entonces, ¿las tiramos a la basura? ¡Jamás! Las Florecillas son un tesoro, siempre y cuando entendamos qué estamos leyendo.
Tenemos que usarlas para beber el espíritu, la forma mentis franciscana. Lo que importa de esos relatos es la verdad de fondo que nos transmiten:
La Alegría Perfecta: Captan mejor que cualquier documento teológico la esencia de encontrar la felicidad en la desposesión y el sufrimiento.
La Fraternidad Cósmica: Nos enseñan a vivir la hermandad no solo con los frailes, sino con el Sol, la Luna y, sí, también con el Lobo. Es la esencia del Cántico de las Criaturas puesta en acción.
La Radicalidad de la Pobreza: Reflejan la intransigencia de Francisco para no poseer nada, ni siquiera conventos estables, confiando totalmente en la Providencia del Padre.
En resumen, usémoslas como un espejo para ver el ideal al que aspiramos, pero siempre tengamos la Regla, las Constituciones y los Escritos de Francisco en la otra mano para asegurarnos de que nuestros pies sigan en el suelo de Asís y no se eleven demasiado en la fantasía.
¡Paz y Bien, hermana! Y que el Espíritu de Francisco ilumine nuestro camino.