La clausura de las Hermanas Clarisas, consagrada por la Regla de Santa Clara, es la elección de vivir un "encierro" físico con un propósito profundamente espiritual: la búsqueda de Dios y la oración constante. Aunque nosotros, como franciscanos seglares, vivimos en la calle, el espíritu de la clausura es una luz que nos guía.
La clausura es, ante todo, un espacio de silencio.
Para la Clarisa: El silencio del claustro permite escuchar la Voz de Dios sin las distracciones del mundo. Es una forma radical de hacer de su vida una conversación continua con Jesús.
Para el Laico: Nuestro desafío es crear "pequeñas clausuras" de silencio en nuestro día a día. ¿Dónde está tu momento de silencio? En el coche antes de encender la radio, en la meditación de la mañana, o en una breve parada en la capilla. Es el arte de "apagar el ruido" para oír la voz del Espíritu en medio del caos de la vida moderna.
La clausura aísla a la Clarisa no solo del ruido, sino del afán de poseer y hacer.
Para la Clarisa: Su renuncia al "mundo" físico es una forma radical de vivir la Pobreza de Espíritu. Su riqueza es Cristo, su trabajo es la oración, y su seguridad es la Providencia.
Para el Laico: La clausura nos enseña el desapego del corazón. No podemos encerrarnos, pero sí podemos encerrar nuestras ambiciones desmedidas. La lección es: no dejes que tu trabajo o tus posesiones "te posean". El laico franciscano está en el mundo, pero su corazón debe estar "enclaustrado" en Dios.
El claustro no es una celda individual; es un espacio para vivir la fraternidad intensa y el servicio mutuo, tal como lo establece la Regla de Santa Clara.
Para la Clarisa: Las hermanas se dedican a la oración por el mundo y a amarse sin reservas, siendo un "espejo" unas de otras para reflejar a Cristo. Su amor fraterno es su ofrenda.
Para el Laico: La clausura nos recuerda que la verdadera fraternidad exige renuncia y paciencia. El valor es encerrarnos en la caridad. Nuestra "clausura" son los límites de nuestro hogar, de nuestra Fraternidad OFS. Es el desafío de permanecer y amar a los que Dios nos ha dado, sin huir a la primera dificultad.
La espiritualidad de la clausura es un llamado a la intensidad. No podemos vivir encerrados, pero sí podemos vivir con un corazón encerrado en la oración y en la fidelidad a nuestra vocación.
Las Clarisas, con su vida contemplativa, son el pulmón espiritual de la Familia Franciscana. Su encierro nos libera a nosotros para ser apóstoles en el mundo, sabiendo que somos sostenidos por su incesante oración.
¡Busquemos esos espacios de silencio, cerremos la puerta del corazón a lo innecesario, y hagamos de nuestra vida laica una constante oración, siguiendo el ejemplo de la Hermana Clara!
¡Paz y Bien!