El Artículo 14 es el que nos saca de la capilla y de la Fraternidad y nos recuerda dónde vivimos realmente nuestra vocación: en el mundo, en el trabajo y en el servicio.
Este artículo es esencial para nosotros, franciscanos seglares, porque transforma la rutina diaria—ir a la oficina, a la fábrica, al campo, o cuidar de la casa y la familia—en un acto de fe y de colaboración divina.
Lo primero que hace el artículo es cambiar nuestra perspectiva:
No es una simple necesidad, es un Don: El trabajo no es una maldición ni un mero medio para ganar dinero. La Regla nos pide que lo consideremos como don de Dios. Es un regalo que nos permite desplegar los talentos que el Señor nos ha dado y realizar nuestra propia dignidad humana.
A la manera de San Francisco: Pensemos en Francisco. Él era hijo de un rico comerciante, pero eligió trabajar con sus propias manos, remendando iglesias y cuidando enfermos. Para él, trabajar era evitar la ociosidad, enemiga del alma, y también era un medio para no ser una carga para nadie (como dice en la Regla no bulada). Nosotros, viviendo en el mundo, aplicamos ese principio a nuestro trabajo secular, sea cual sea.
El trabajo se convierte en algo sagrado porque nos permite participar en la obra de Dios en tres niveles:
Participación en la Creación: Al transformar la materia, al gestionar un proyecto, al cuidar un jardín, estamos completando la obra que Dios inició. Somos co-creadores con Él, llevando el mundo hacia su plenitud.
Participación en la Redención: Cuando realizamos nuestro trabajo con honestidad, justicia y paciencia, y cuando ofrecemos las fatigas o las injusticias que podamos sufrir, estamos colaborando en la obra redentora de Cristo. El dolor y el esfuerzo se convierten en un medio de salvación, nuestro pequeño aporte a la Cruz.
Servicio de la Comunidad Humana: Esta es la clave de la dimensión franciscana. El fruto de nuestro trabajo debe estar orientado al servicio de la comunidad humana. No trabajamos solo para nosotros o nuestra familia, sino que nuestro esfuerzo debe contribuir al bien común y al desarrollo de todos.
Como franciscanos seglares, esta visión del trabajo tiene implicaciones prácticas que debemos cuidar:
La Ética Franciscana: Nos exige ser competentes y responsables en nuestro trabajo. Si somos justos con nuestros empleados o empleadores, si somos honestos con nuestros clientes, si cumplimos con nuestro deber profesional, estamos viviendo la Regla.
Espíritu Cristiano de Servicio: El artículo concluye implícitamente que, al cumplir competentemente nuestros deberes, lo hacemos con un espíritu cristiano de servicio. Es el amor y la humildad, el espíritu de minoridad, el que debe guiar cada acción profesional o laboral, buscando siempre el bien del otro antes que el propio beneficio.
Así, nuestra vida laboral, con sus desafíos y alegrías, es la primera y fundamental forma en que cumplimos nuestra misión como parte de la Orden Franciscana Seglar en el corazón del mundo.