Objetivo: Que el hermano tome conciencia del sentido que tiene su creación, para que así vaya definiendo su orientación de vida y el obrar en ella.
Hay días en los que el ruido de la escuela, el trabajo, las notificaciones del teléfono y los planes del fin de semana nos atrapan por completo. Pero de repente, hay un instante de silencio —frente a la ventana de tu cuarto, en un camión viendo hacia afuera o en una noche en la que no puedes dormir— en el que te pega una duda enorme: ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cuál es el punto de todo esto?
Cualquier joven que empieza a dar sus primeros pasos en la JuFra se topa más temprano que tarde con esta pregunta. Y no es una duda exclusiva de filósofos aburridos; es la inquietud más visceral que tiene el ser humano. Vivir en automático, dejando que los días pasen sin saber a dónde vas, es la forma más fácil de desperdiciar la juventud. Descubrir por qué existes, en cambio, es prenderle fuego a tu vida con un propósito real.
Lo primero que descubres cuando te atreves a pensar en esto es que la vida es un regalo totalmente gratuito. Nadie de nosotros pidió nacer, ni escogió su fecha en el calendario, ni decidió el código de su ADN, ni la familia o el lugar donde le tocó dar su primer respiro. Pudimos no haber existido jamás.
Frente a la inmensidad del universo, nuestra vida parece un suspiro. Y ante esto, la gente suele tomar dos caminos:
El camino del vacío: Pensar que todo es una coincidencia del azar, que la vida no tiene sentido y que cada quien debe inventarse un rato de diversión para no aburrirse antes de que todo se acabe.
El camino del asombro: Darse cuenta de que estar aquí es tan increíble que no puede ser un error. No somos un accidente cósmico; somos fruto de una intención.
Hoy en día, la sociedad en la que vivimos intenta vendernos respuestas rápidas para llenar ese vacío, pero la verdad es que nos dejan más secos por dentro:
Existir para producir y consumir: Nos hacen creer que valemos por lo que tenemos, por el teléfono que traemos, por las calificaciones o por cuánto dinero ganamos. Nos convierten en máquinas de trabajar y gastar.
Existir para el placer inmediato: La idea de que el sentido de la vida es pasarla bien todo el tiempo, evitar cualquier esfuerzo y huir del dolor. El problema es que eso, al rato, se vuelve aburrido y vacío.
Existir para el aplauso digital: Medir tu valor en función de cuántos likes, vistas o seguidores tienes, construyendo una máscara para que gente que ni te conoce te apruebe.
Ninguna de esas opciones calma la sed profunda que tiene el corazón de un joven. Estamos hechos para algo mucho más grande.
La fe cristiana nos da la respuesta más hermosa y liberadora: existimos porque Dios es amor, y el amor siempre busca compartir la vida.
No estamos aquí por casualidad: Dios no nos creó por soledad ni por capricho, sino por pura generosidad. Te pensó, te quiso y te llamó a existir desde antes de que nacieras.
Fuimos hechos para conectar: No existimos para vivir aislados ni encerrados en nuestro egoísmo. Dios es una comunidad de amor (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y nosotros llevamos eso en el ADN: solo encontramos paz cuando salimos de nosotros mismos y nos entregamos a los demás.
Tenemos un destino eterno: La vida no se acaba en el cementerio ni en los problemas de hoy. Existimos para vivir para siempre en comunión con Dios, donde todo lo que dolió sanará y seremos plenamente felices.
San Francisco de Asís miraba la vida con una alegría muy distinta a la del resto del mundo. Para él, todo lo que existe —el sol, el agua, los animales y cada persona— era una carta de amor escrita por las manos de Dios.
Somos hermanos de todo: En el mundo franciscano no somos dueños prepotentes del planeta, sino hermanos de lo creado.
Existir es dar gracias: Francisco entendió que la razón por la que existimos es para agradecer y alabar a Dios viviendo en paz y cuidando a los demás. Para un franciscano, vivir es una fiesta de agradecimiento (una Eucaristía diaria) donde cada cosa que haces, si la haces con amor, se vuelve una oración.
Preguntarte por qué existes es el primer paso para dejar de vivir en piloto automático. No estás en este mundo por relleno; tu vida tiene un propósito divino que solo tú puedes cumplir. Descubrir que existes para amar, para servir y para reflejar lo mejor de Dios en medio de tus cuates y tu familia es lo más liberador que te puede pasar.
En los momentos de mayor silencio o cuando te sientes solo, ¿qué respuestas te has dado a ti mismo sobre el sentido de tu vida?
¿De qué manera las redes sociales o la presión de la gente intentan distraerte de lo que realmente importa?