Una vez que hemos sentido el llamado en nuestro corazón, surge la pregunta: ¿Cómo me convierto en parte de esta familia? El Capítulo III del Estatuto Nacional (Artículos 28 al 35) nos explica que ser Jufra no es simplemente asistir a un grupo, sino vivir un itinerario de fe que transforma nuestra vida.
Aquí te explicamos de forma sencilla cómo es este camino de formación.
El Estatuto es muy claro: la formación no se trata de llenar la cabeza de teoría o datos históricos, sino de aprender a vivir como Francisco. Es un camino para discernir si Dios nos está llamando a seguir a Jesús desde el carisma franciscano seglar.
Este proceso es gradual, como una planta que crece poco a poco. Cada etapa tiene su objetivo para que el joven pueda descubrir su vocación:
Iniciación (Art. 30): Es el primer contacto. Es el tiempo de "ver y oír". El joven conoce la fraternidad y los hermanos lo conocen a él. Es un periodo de acogida donde se descubre la alegría de ser comunidad.
Formación al compromiso (Art. 31): Aquí el camino se vuelve más serio. Se estudia a fondo el carisma, la Regla, las Constituciones y la vida de San Francisco y Santa Clara. Es un tiempo para confrontar la propia vida con el Evangelio.
Profundización (Art. 32): Es la etapa final antes del compromiso. El joven se prepara intensamente para dar un paso definitivo, madurando su opción por la vida fraterna y el servicio.
La promesa es el momento más bello de nuestro caminar. Es el acto solemne donde el joven manifiesta su voluntad de vivir el Evangelio en la Jufra.
¿Qué es? No es un juramento de sangre, sino una respuesta de amor a la invitación de Jesús.
¿Qué implica? El compromiso de vivir en constante "penitencia" (que significa conversión diaria) y servicio a los demás. No lo hacemos solos; contamos con la gracia de Dios y el apoyo de nuestros hermanos.
¡Cuidado con pensar que al hacer la promesa ya "terminamos"! El Estatuto nos recuerda que el franciscano se forma toda la vida.
El mundo cambia, los desafíos de la Iglesia cambian y nosotros también cambiamos. Por eso, siempre hay algo nuevo que aprender del amor de Dios y nuevas formas de servir a los hermanos. La formación permanente es lo que mantiene "encendido" nuestro corazón.